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Soberanismo aragonés y unidad popular

    la-unidad-logo-copado-sin-estrella-296x300Las cosas están cambiando. Y aunque a muchos –más de los que nos creemos– esto no les gusta nada, inevitablemente esta situación en redefinición permanente nos obliga a revisar nuestros planteamientos estratégicos y nuestra intervención cotidiana. Los cambios que se avecinan y los que estamos viviendo ya configuran la nueva realidad a la que tenemos que adaptarnos y no podemos permanecer impasibles como si nada pasara, haciendo lo mismo que hemos venido haciendo hasta ahora.

    Ya no vale la cómoda posición de la derrota ni deben permitirse los intereses partidistas del pasado. Este no es un momento cualquiera, es excepcional, y como tal precisa que todos y todas estemos a la altura de las circunstancias. De la estrategia de la resistencia y la acumulación de fuerzas hemos pasado, casi sin remedio, a la de la ofensiva y la confrontación directa con los poderes constituidos del Estado y de Aragón. Una situación que ha pillado a contrapié al conjunto del soberanismo aragonés, en proceso de reorganización como movimiento político y en un contexto de retroceso ideológico. Aragón y lo aragonés ha sido desplazado del mapa simbólico que es la política aragonesa, invalidando en gran parte la influencia social del soberanismo.

    Y en el nuevo panorama político que se abre no parece que, aparentemente, el soberanismo aragonés esté llamado a cumplir un papel relevante. No parece saber llegar a conectar con los intereses, las esperanza y la ilusión política que el mismo pueblo aragonés alberga y, por lo tanto, el soberanismo queda relegado como herramienta para la transformación social en nuestro país. Existen profundas condiciones ideológicas que influyen y que se encuentran a la base de la crisis de movimiento que vivimos pero lo más fundamental es entender el momento en el que nos encontramos para saber qué es lo más adecuado que tenemos o que podemos hacer.

    La gente, esto es, el pueblo aragonés, se ha cansado y ya no cree nada que provenga del Régimen del 78. La crisis económica que nos atenaza y el gobierno despótico del poder, que cada vez se preocupa menos por enmascarar la inexistencia de libertades democráticas, ha conllevado una quiebra total del marco ideológico en el que hasta ahora habíamos jugado. A este huracán pocas torres han sobrevivido y muchas menos han de sobrevivir. Sin embargo, convertidas todas las viejas configuraciones ideológicas en ceniza, todos los elementos que las conformaban han quedado libres, disponibles para poder ser utilizadas y así reconstruir (actualizar) lo que ha quedado desfasado. El nuevo gran eje que determina las esperanzas de un futuro mejor es el de nuevo-viejo, que se vincula ineludiblemente con la participación o no de los consensos ideológicos del Régimen que se derrumba ¿Dónde se sitúa el soberanismo aragonés en este debate?

    Hubo un tiempo en el que la idea de Aragón era sinónimo de libertad, de progreso y de futuro. Ligada a la autonomía, significaba la esperanza de todo un pueblo por conseguir, como sujeto político, una sociedad más justa e igualitaria. Vimos una diversidad de planteamientos ideológicos que pudieron entenderse porque en su diversidad todos tenían como centro de referencia al mismo pueblo aragonés. Aquello pudo ser canalizado por el aragonesismo, que hizo confluir la diferencia y la diversidad, en el momento adecuado, en interés del pueblo aragonés. Pero por sus propias condiciones el aragonesismo político que hemos conocido en este país no ha servido como poco más que como germen del soberanismo aragonés. Hay que entender, entonces, en primer lugar que el marco ideológico que dio lugar al aragonesismo político está agotado; y, en segundo lugar, que el soberanismo como movimiento político, en parte, es la herencia social e ideológica de todo aquello.

    En el nuevo eje, el aragonesismo político que conocemos forma parte de lo viejo y, por tanto, de aquello que está llamado a extinguirse si no se redefine y actualiza. El soberanismo, por su parte, se encuentra tendido a ambos lados de la línea, sometido a autoanálisis y habiendo empezado ya el proceso de reconstrucción. Su tarea es recoger todo cuanto el huracán de nuestros días ha dejado tirado, recomponerlo y configurar una nueva forma de entender la intervención política desde el pueblo aragonés. Pese a la dificultad, en este caos generado las posibilidades son infinitas y el soberanismo aragonés tiene capacidad real de intervenir. Ahora es el momento en el que se crean las nuevas hegemonías ideológicas con las que habremos de luchar en el futuro. Intervenir políticamente de lo nuevo que sustituye a lo viejo nos aparece como una tarea irremplazable.

    Quien lanza la primera piedra no puede hacerse cargo de toda la avalancha que provoca y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora. En estos momentos de excepcionalidad se hace más necesario que nunca que estemos a la altura. Y si hay una cosa cierta es que ya nadie cree que el viejo régimen sea reformable ni que el cambio pueda venir tal y como se han hecho las cosas hasta ahora. Por eso la gente apuesta por la unidad popular, porque es la única con la fuerza suficiente para impulsar las transformaciones necesarias. Unidad reclamada por el pueblo aragonés que deposita en ella sus esperanzas y que se implica y trabaja activamente por impulsarla. Un pueblo aragonés que, recordemos (porque a muchos se les olvida), existe más allá del movimiento soberanista y que puede ir más avanzado que éste si no estamos a la altura de las circunstancias. No puede haber unidad del pueblo aragonés y no puede haber cambio sin que el soberanismo esté presente para aportar su visión y su forma de hacer las cosas. Ignorar todo lo que está pasando y hacer como si nada ocurriera, además de irresponsabilidad política, sería el mayor de los errores estratégicos que podríamos cometer. Sin formar parte de la unidad popular, cuando se dan las condiciones adecuadas y ésta es necesaria, el soberanismo no tendría sentido alguno porque su único interés es el del pueblo aragonés.

    soberanía
    Foto: diegodiaz50mm

    Por eso hemos de saber cuál es nuestro papel como movimiento político en la actual situación de nuestro pueblo. No podemos ignorar lo que piensa o ceñirnos a esquemas pasados que nos encadenan a lo viejo que se derrumba. En la construcción del poder popular el soberanismo aragonés tiene un papel que cumplir, un papel que es ineludible y que ha de ser desempeñado con la mayor diligencia posible. Sin el aporte del soberanismo, la unidad popular estará coja y se construirá sin atender a los verdaderos intereses del pueblo trabajador aragonés. Porque en momentos de cambio también aparecen los trileros y los interesados, preocupados más por su propio interés que por el futuro de nuestro pueblo.

    Así es que el soberanismo aragonés ha de ponerse manos a la obra para cumplir esta tarea histórica que tiene por delante. Una tarea que no consiste en presentarse con siglas propias, en ser el más puro o no juntarte con nadie que no seas tú mismo; ser soberanista, nuestro trabajo, es tener una intervención real en los procesos políticos del pueblo aragonés. Y todo lo demás es fetichismo desapegado de la realidad social aragonesa. Allí donde esté este pueblo luchando por el cambio y construyendo el futuro, allí es donde debemos estar los y las soberanistas para formar parte de ese futuro. La unidad popular es el gran proyecto de la transformación social y quedarse al margen de eso es quedarse al margen mismo de la política. Es por eso que tenemos un papel relevante e irremplazable que cumplir (y que a muchos les gustaría que abandonáramos) dentro de los procesos de unidad que aspiran a ganar el poder político.

    Así pues, en esta coyuntura histórica, en la que se requiere de una gran responsabilidad y generosidad política, y a pesar de todas las contradicciones normales en cualquier proceso de construcción y empoderamiento popular, muchas de nosotras, soberanistas de izquierdas, estamos aportando ese necesario sostén nacional en proyectos tan ilusionantes y esperanzadores como Ganemos Zaragoza, donde es necesario articular las perspectivas de transformación social, con la puesta en práctica de reformas y medidas de urgencia que sienten las bases de la normalización democrática en Zaragoza.

    Guillén González | AraInfo